El último Café Europa del curso ha señalado con claridad un problema crítico: la crisis climática no impacta por igual a todas las personas ni en todos los lugares. El título de la sesión, “No hace el mismo calor para todos”, resultó plenamente acertado en una conversación que combinó rigor científico, perspectiva institucional y análisis comunicativo para entender cómo los fenómenos extremos se intensifican y agravan desigualdades sociales preexistentes, especialmente en el entorno mediterráneo.
La periodista Júlia Manresa moderó la sesión y abrió con una referencia contundente: un reportaje del New York Timesque muestra cómo Barcelona y las playas de Montgat, cada vez más reducidas, simbolizan la pérdida del paraíso veraniego europeo por efecto de la crisis climática. No es una exageración. Barcelona es, después de Milán, la ciudad europea con más muertes atribuibles a la primera ola de calor de este verano. Y las víctimas son, sobre todo, las más vulnerables: personas mayores, con enfermedades crónicas o en situación de pobreza energética.
Ciudades mediterráneas, zonas de impacto crítico
La doctora María del Carmen Llasat, catedrática de Física en la UB, presentó datos alarmantes: mientras que el calentamiento global ha situado el aumento de la temperatura global en 1,6 ºC respecto a la era preindustrial, el Mediterráneo ya alcanza los +1,9 ºC. Esta región es un auténtico hotspot climático. Al aumento sostenido de la temperatura se suma un incremento de fenómenos extremos —olas de calor, DANAs, lluvias torrenciales, sequías— que se vuelven más frecuentes, más severos y más difíciles de gestionar.
Según Llasat, el 67% de las playas catalanas retroceden una media de 1,6 metros al año. El calentamiento del mar y del aire incrementa la humedad atmosférica y favorece lluvias más intensas e imprevisibles. Pero los daños no son solo ambientales: son sociales. Las personas más expuestas al calor no solo son quienes tienen una salud más frágil, sino también quienes viven en viviendas precarias, sin aire acondicionado o sin redes comunitarias que las protejan.
La administración tiene herramientas, pero se encuentra con obstáculos
Ana Romero, directora de servicios de Acción Climática del Área Metropolitana de Barcelona (AMB), explicó qué se está haciendo desde el territorio para adaptarse. Destacó el despliegue de planes locales de adaptación climática, la regeneración de agua (que podría cubrir hasta 44 hm³ de déficit en caso de sequía) y la promoción de energías renovables gracias a los fondos Next Generation.
Pero Romero fue clara: las herramientas existen, pero el sistema administrativo juega en contra. La rigidez presupuestaria, la burocracia y la falta de flexibilidad hacen que, por ejemplo, el ahorro energético de una instalación solar no pueda reinvertirse directamente en otras áreas como el mantenimiento de los espacios verdes.
Sensibilización y justicia climática
La sesión también abordó una de las grandes cuestiones de fondo: ¿por qué, pese a disponer de más información y datos que nunca, la ciudadanía no reacciona con mayor contundencia? ¿Por qué cuesta tanto cambiar hábitos? Manresa señaló que, a menudo, la comunicación sobre la emergencia climática ha derivado hacia la desesperanza. Toda amenaza, si no se acompaña de relato y ejemplos de transformación, puede conducir a la inacción.
Romero puso como ejemplo un mapa de vulnerabilidad del AMB que muestra cómo barrios con características sociales similares no sufren igual los efectos del calor si disponen de zonas verdes cercanas o se han beneficiado de proyectos de rehabilitación urbana.
“La justicia climática no es un concepto abstracto”, dijo, “sino una manera concreta de planificar mejor y no agravar desigualdades”.
Llasat, por su parte, hizo un llamamiento a recuperar el valor de la responsabilidad individual y colectiva. Recordó que, en episodios como las lluvias torrenciales de Valencia, la falta de información y conciencia multiplicó las víctimas.
“No podemos caer en el ‘no puedo hacer nada. Si yo hago, hará el de al lado’”, defendió.
Una Europa que no puede retroceder
El debate concluyó con una mirada a Europa. Las ponentes expresaron preocupación por la desaceleración —e incluso el retroceso— de las políticas climáticas europeas, justo en el momento en que se necesitaría mayor ambición. Romero defendió que, pese a las tendencias retardistas en Bruselas, los municipios y regiones europeas mantienen el compromiso climático. Llasat subrayó el papel clave de Europa como espacio de normas compartidas que pueden favorecer alianzas y exigir transformaciones colectivas, también en el mundo empresarial.







